viernes, 3 de septiembre de 2010

A ti y nadie más



Le escribo a la mujer de mis sueños, a la que me hace suspirar las noches que está conmigo, imaginando estrellas en un cielo gris. A aquella que no tiene reparos en ser tal cual es, inteligente, hermosa, talentosa. La que nunca dice una palabra de más, que sabe opinar, que percibe las sutilezas artísticas más depuradas y precisas. La que sabe que el silencio es la mejor melodía de la complicidad.

Le escribo a mi complemento, a la mujer de alegrías nunca exageradas ni fingidas, a la que no espera que la haga reír, sino a la que se ríe conmigo. A la que cogo de la mano sin sentir verguenza. A aquella ilusión que algún día llegará, cuando esté listo para recibirla.

(Y algún día estaré como la canción de Alejandro Lerner, hay algo que te quiero decir, y no sabré como decir mis sentimientos, me pondré rojo, la besaré y esperaré que me bese también. Luego sonreiré, y si sonríe, saltaré de gloria, lo puedo predecir.)

(O estaré como el conde Bronsky en Ana karénina de León Tolstoi, pensando: "si ella voltea a verme, será mía.")

(Bah, sinceramente, este es uno de los textos más cursis que he escrito jamás. Qué asco.)

1 comentario:

  1. Todas las cartas de amor son
    ridículas.
    No serían cartas de amor si no fuesen
    ridículas.

    También escribí en mi tiempo cartas de amor,
    como las demás,
    ridículas.

    Las cartas de amor, si hay amor,
    tienen que ser
    ridículas.

    Pero, al fin y al cabo,
    sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
    sí que son ridículas.

    Quién me diera en el tiempo en que escribía
    sin darme cuenta
    cartas de amor
    ridículas.

    La verdad es que hoy mis recuerdos
    de esas cartas de amor
    sí que son
    ridículos.

    Todas las palabras esdrújulas,
    como los sentimientos esdrújulos,
    son naturalmente
    ridículas.

    Pessoa

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