viernes, 3 de septiembre de 2010

Ojo con el talento


Fue curioso encontrarme en un mismo día con dos reconocidas personalidades del ámbito ártístico nacional, y fue curioso más aún por el mensaje de que alguna forma sentí que me transmitían. El primero fue Carlos Gassols. Me transportaba en un ómnibus de transporte público y de pronto vi que un asiento codiciado se desocupaba. Inmediatamente pensé ocuparlo, pero cuando me disponía a la acción sube un anciano y yo al verlo me quedo seco. Carlos Gassols, el primerísimo actor nacional, dramaturgo, mentor de jóvenes y hombre por demás apacible subía al ómnibus y me quitaba el asiento. Por supuesto, no se lo disputé, y cuando quise hablarle me di cuenta que estaba como a dos cuerpos de él. Para hacerlo, debía extender mi brazo y tratar de cogerlo. Qué le diría? Lo felicitaría, tal vez hasta le pediría un autógrafo. Pero no lo hice. Por qué no lo hice? Porque podía incomodarlo. Nadie parecía observarlo, y eso de alguna forma notaba que lo complacía. O tal vez no. Tal vez finguía que le complacía para no sentirse olvidado, pero eso yo no lo sabía, y de veras, viendo el rostro de ese hombre, y sabiendo su trayectoria, lo último que uno quiere es incomodarlo.

Sin embargo, lo que realmente me sorprendió era verlo en un ómnibus de transporte público. En realidad no debería sorprenderme, ya que en este país los artistas son los más recordados por el olvido. Por ejemplo, recuerdo claramente haber visto a Jorge Valenzuela, Pablo Guevara, Rocío Silva Santiesteban o al mismísimo primer actor Reinaldo Arenas subirse a una combi para irse a no sé donde. Es posible, señores, que la patria valore así a sus creadores, ofreciéndoles semejante perspectiva de vida? Es posible que vivir del arte en el Perú sea un verdadero aplauso a la supervivencia?

Esa misma tarde tenía la misión periodística de hacerle una entrevista a Damaris, la joven peruana ganadora de dos gaviotas de plata en Viña del Mar. Me cayó muy simpática y respondió a todas mis preguntas sin poner peros. Me contó que el viernes volaba a Washington porque debía participar de un evento en la Casa Blanca organizado por el consulado, y ya sabes, formalidades y media que me dan contactos. Qué bueno, le decía, espero que te vaya muy bien. Luego cantó "vida", una canción por demás romántica que por un momento me sacó de aquel estudio de grabación. Canta bien, pensé, y tiene estilo. Ojalá que llegue lejos. Y ojalá que tampoco se quede en el Perú.

Señores, respecto a estas apreciacioes quiero generar dos reflexiones: primero, que si tienes talento y quieres hacer arte, ya sea en cualquiera de sus modalidades, te tienes que ir del país, como lo hizo Vargas Llosa, Juan Diego Flores o Ricarlo Blume. Si no lo haces, puedes estar condenado a tomar combis y a que nadie te recuerde aún hayas ganado un premio nacional de cultura y estés a punto de morir. Segundo, que probablemente los tiempos sean seculares y los artistas (y aventureros) de antes, los que se quedaron en el Perú y se volvieron de culto, están siendo desplazados por nuevos rostros quizá más atractivos e igual de talentosos, aunque claro, inexpertos aún. Qué pensar, qué creer, hay muchas posiciones de debate. Sin embargo, de lo único que sí estoy convencido es que nadie es profeta en su tierra, y que si quiero que mis compatriotas me recuerden por algo bueno que hice, tengo que hacerlo fuera del Perú.

1 comentario:

  1. son muy interesantes las preguntas y reflexiones que haces. creo que todos los que admiramos el arte en general, alguna vez no hemos preguntado lo mismo. pensar en vivir del arte en el Perú es casi imposible. creo que de todas maneras en algún momento te tienes que ir, el propio país te obliga a hacerlo. al final eso tampoco te garantiza que vas a ser un gran artista.

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