viernes, 3 de septiembre de 2010

Escenario de cuestionamientos


Toda sensación racional, en mi caso, parte de dos postulados: identidad y fundamento. La primera, la fuerza que alimenta mis impulsos, se debate a su vez entre la voluntad de ser y la necesidad de pertenecer. Ser significa encontrar el lugar de mi pleno desarrollo personal, donde me sienta conforme (mi palabra inexistente) conmigo mismo. En eso no hay ningún problema, puesto que todo logro depende completamente de mí. El asunto es el pertenecer. Pertenezco a mi familia, a mí mismo, a mi entorno primario, a mi país. Nunca tuve opción de elegir cuándo, qué, dónde, cómo ser yo, de manera que luego pertenecer me resultara cómodo. Pertenezco, y por ese simple hecho de pertenecer sin mi anuencia, me siento inconforme.

El jueves último asistí a una función de teatro inolvidable. Era en la casa Yuyachkani, a cargo del grupo Yuyachkani, y la pieza era "El último ensayo", título que por demás va muy acorde a la temática. Esta obra, dirigida por Miguel Rubio Zapata, es, como todas las obras de Yuyachkani, una muestra facial del Perú, cuyo fomento de identidad busca destruir en nosotros, peruanos inconformes, nuestras falencias de "pertenecer". La historia trata de 7 artistas que rinden culto informe al mito, al anacronismo y la supremacía de la música mundial, al espejismo de talento materializado en una mujer divina: Yma Sumac. Como en mi caso, peruana de nacimiento, Yma fue eligiendo paulatinamente su identidad de ser, terminando así en una falacia introspectiva de indentidad de pertenecer. Yma Sumaq encuentra, a los largo de los años espaciales del teatro, a personajes valiosísimos para la historia peruana, como José Carlos Mariátegui, César Vallejo, y finalmente, ella misma, la Yma Sumaq de entonces, una usurpadora de la Yma Sumaq actual. Una expresión de libertad y de búsqueda que culmina en la redención de la identidad perdida, que nunca se reconcilia con su origen (Yma Sumaq habla en inglés; los símbolos de peruanidad y ancianidad se fusionan en la representación de la muerte), pero que recuerda, y por tanto sugiere un camino a pertenecer, aunque pertenecer sea tan relativo cuando ya no se recuerda (o se niega) la propia lengua materna.

Una excelente obra, sin duda alguna; sin embargo, su mensaje de peruanidad me resultó de dudosa credibilidad: por qué volvió Yma Sumaq al Perú si ella ya no pertenecía aquí? Por qué aquí recibió premios que solo se entregan a peruanos? Por qué si ya no pertenece a nosotros llama compatriotas a Mariátegui y Vallejo? Por qué diablos uno no puede ser profeta en su tierra? Por qué si yo, que pocas veces me siento peruano, soy capaz de romperle la cara a cualquier extranjero que hable mal de mi país? Cuál es la verdadera razón para que nosotros, los peruanos, querramos a nuestro país? Por qué diablos no puedo dejar de sentir a mi país dentro de mí, aunque sienta que cada vez pertenezco menos a él?

No hay que razonar tanto para comprender que mi identidad nacional no está definida. Respecto a lo otro, el fundamento, pues, aún no existe. Recién lo pienso construir. Recién empezaré a pensar cómo resumir introspecciones y sentir besos metafísicos.

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